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La Olimpiada de Beijing de 16 días escribió un capítulo inolvidable en los anales olímpicos de 100 años.
Cuando los deportistas, periodistas y espectadores estaban reacios a despedirse, cuando el efervescente “Nido de Pájaro” iba calmando, cuando la medalla de oro dejaba de llamar alta atención de la gente, lo que dejó al pueblo chino de 1.300 millones de habitantes son esperanzas por el futuro: ¿Podrán ser siempre tan entusiastas, simpáticos y corteses nuestros conciudadanos? ¿Podrán ser tan limpias y expeditas las calles de nuestras ciudades? ¿Seguirá manteniéndose tan azul el cielo sobre nosotros?
Son muchas las preguntas similares. Una serie de preguntas muestran la lucidez y calma de los chinos difíciles de obtener. Sí. La Olimpiada puso a China en el centro del escenario mundial. Los orgullosos éxitos logrados en los campos de competición dejaron que la nación china se levantara la cabeza.
Sin embargo, este éxito no equivale a la materialización final del sueño de 100 años de hacer poderoso el país. Somos todavía un país en vías de desarrollo. Cuando los turistas extranjeros se divierten tanto que se olvidan de volver paseando por la antigua y a la vez moderna ciudad de Beijing, no sabemos si notan o no aldeas comparativamente pobres que están no muy lejos de Beijing. Cuando ellos exclaman los grandes cambios en Baijing y Shanghai, no sabemos si están conscientes de que más de la mitad de China en la parte oeste todavía está subdesarrollada.
Este éxito no significa de ninguna manera que se haya producido un cambio fundamental en la posición internacional de China. Justamente como dijo el portavoz de la Cancillería de China días atrás: “Después de la exitosa Olimpiada, China sigue siendo un país grande en vías de desarrollo. La materialización del desarrollo sigue siendo una prolongada y ardua tarea de China”. El gran escenario olímpico abrió una gran ventana para que China abrace al mundo y que el mundo abrace a China. A través de esta ventana, el mundo ha cambiado sus muchas impresiones sobre China. Pero, en el gran escenario internacional de competición y cooperación, tenemos que seguir definiendo nuestra propia ubicación.
No podemos estar satisfechos de nosotros mismos en medio de elogios, y no podemos convertir la autoconfianza en vanagloria. La Olimpiada de Beijing 2008, como una importante parada del proceso de modernización de China, es calificada como “ceremonia de madurez de la reforma y apertura”. En este momento histórico, necesitamos actuar de manera más lúcida y más racional.
Después de la Olimpiada, China seguirá avanzando. Que integremos más profundamente la autoconfianza, lucidez, entusiasmo, racionalidad, apertura e indulgencia con los genes de la civilización china con una historia de 5.000 años, y que avancemos con los pies puestos en tierra sólida hacia la materialización del sueño de gran renacimiento.
Para entonces, podremos recordar lo que Jacques Rogge, presidente del Comité Olímpico Internacional, dijo en el acto de inauguración: “Beijing, tú eres el anfitrión de hoy y también la gran puerta conducente al mañana.” (Pueblo en Línea) 29/08/2008
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