Actualizado a las 2008:08:05.11:02

WAIGUOREN ZAI ZHONGGUO

Por Fernando Miguel

Extranjero en China. Eso es lo que soy, como tantos otros miles de personas que han venido hasta aquí persiguiendo un sueño, o quizá tal vez sólo por motivos laborales, o sentimentales. Un expatriado, como llaman corrientemente en inglés a los que viven fuera de su país, aunque en español la palabra tenga ciertas resonancias negativas. Las motivaciones son naturalmente variadas; cada uno tiene la suya propia, pero todos nosotros hemos coincidido en un mismo lugar y unas mismas y señaladas fechas. No creo que haya a estas alturas ningún despistado, aquí o en cualquier otro rincón del mundo, que todavía no esté al corriente de lo que va a ocurrir en Beijing durante las próximas semanas. Y de ello vamos a hablar en este blog, aunque las Olimpiadas y todo lo que las rodean no serán el tema exclusivo; más bien trataremos de analizar, de una manera desenfadada y sin demasiadas pretensiones, cómo es la vida en China, y más concretamente en su capital, para alguien que llega desde muy lejos con la intención de quedarse durante un determinado período de tiempo.

La relación del Imperio del Centro con los extranjeros de grandes narices nunca ha sido del todo fluida, aunque ha ido evolucionando con el tiempo. Siempre nos vieron con recelo y un punto de desdén; Roma, y después el imperio bizantino y las naciones europeas nacidas en la Edad Media, se encontraban demasiado lejos para constituir una verdadera amenaza, y tampoco creían que tuvieran nada interesante que aportar a la civilización china. Por nuestra parte, tampoco ha habido un gran esfuerzo por conocer mejor al gigante asiático. La mirada occidental hacia el Este ha estado siempre impregnada de un cierto folklorismo simplista, en ocasiones despectivo, a pesar de que de China llegaron a Europa algunas de las más importantes invenciones y técnicas de la Historia, como el cultivo de la seda, el papel o la pólvora. Ambos mundos, en su propio etnocentrismo, se han ignorado o cuanto menos despreciado recíprocamente durante muchos siglos. La información llegaba a ambos extremos del continente eurasiático bajo forma de leyenda, falseada por las enormes distancias recorridas y la propia naturaleza maleable de la transmisión oral; seres fantásticos y animales mitológicos poblaban las respectivas orillas. En un principio los contactos fueron escasos, aunque continuados, a través de esa gran red de caminos que conectaban Oriente y Occidente y que conocemos con el mágico nombre de “Ruta de la Seda”. Primero fueron las empresas militares –las de Alejandro Magno en el siglo IV a.C. y Zhang Qian en el II a.C. fueron pioneras por ambas partes–, y seguidamente las misiones comerciales y diplomáticas –el viaje de Marco Polo, si es que en realidad estuvo en China, es un ejemplo de ambas– y las peregrinaciones espirituales –las de Faxian o Xuanzang, por citar dos casos notorios. Las crónicas son ricas en anécdotas, y hay en esta larga historia episodios fascinantes todavía hoy poco conocidos, como el de la supuesta legión romana perdida en algún lugar de la provincia de Gansu. Quizá tengamos tiempo de hablar de todo ello en nuestro blog alguna vez.

Los occidentales nunca lo tuvieron fácil para traspasar los límites y entrar en el país; un jesuíta portugués falleció en uno de los oasis que bordean el Taklamakan tras esperar durante meses el permiso para proceder hacia Beijing. Con los Tang y su espléndida capital Xi’an –la mayor ciudad del orbe en su momento– los intercambios comerciales y diplomáticos conocieron una auténtica edad de oro, pero la dinastía Ming decidió cerrar sus fronteras y redujo al mínimo los contactos con el mundo exterior. Los Qing, por su parte, se verían obligados a abrirlas de nuevo –y a hacer concesiones humillantes– por su propio declive y la presión militar de las orgullosas potencias comerciales occidentales. En las primeras décadas del siglo XX los “demonios extranjeros” aprovecharon el caos generalizado tras la deposición del último emperador para saquear buena parte de los tesoros artísticos y arqueológicos nacionales, que hoy se encuentran repartidos por los museos de medio mundo. A partir de los años 50 China recuperó su soberanía y su dignidad perdida, pero se volvió a cerrar al exterior, y no sería hasta mediados de los 80 que los extranjeros –poco a poco y con muchas limitaciones– pudieron recorrer de nuevo los viejos caminos, y visitar los lugares soñados.

Yo soy uno más de los que están aprovechando la feliz coyuntura, aunque llegué por primera vez a este país de manera poco ortodoxa. No a través de las aduanas del aeropuerto de Beijing o de Shanghai, sino por la frontera kirguís de Irkeshtan y montado en bicicleta, pedaleando desde Estambul a lo largo de aquella mítica Ruta de la Seda y siguiendo los pasos de todos aquellos que me precedieron. Lo mío fue amor a primera vista: desde que contemplé por primera vez la bandera roja con las estrellas amarillas ondeando al viento y comencé a recorrer aquellos maravillosos paisajes de Xinjiang, supe que China iba a jugar un papel importante en mi vida. Por eso he vuelto, y ahora desde estas páginas digitales del Diario del Pueblo intentaré contaros cómo vive y qué es lo que siente un waiguoren en China.

Por Fernando Miguel

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