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Las manos ocultas que se extienden a Fidel Castro (II)

Asesina bella proveniente de Nueva York

Un día de febrero de 1959, en el puerto de la Habana estaba anclado un lujoso barco de pasajeros, el “Berlín”, atractivo y reluciente bajo el sol. Al ver la embarcación, Fidel Castro, en una gira de inspección por el puerto, se paró y se desplazó hacia ella.

El capitán Henrich Lorenz, estadounidense de origen alemán, se presuró a bajar de su barco para ir al encuentro de Castro. Lorenz también le presentó a su hija, Marita Lorenz, hermosa chica que llamó la atención de Fidel. Por su parte la chica también fue encantada por el líder cubano, un joven guapo y elegante. Tras intercambiar saludos Fidel logró conocer a Marita de 19 años de edad en aquel entonces. Ambos mantuvieron una conversación muy agradable. Parecía que la chica le hacía gracia al líder cubano, que por su parte, le pidió el número telefónico en Nueva York. Una semana tras su regreso a la mecionada ciudad norteamericana, Marita reciibió una llamada de Castro, y aceptó su invitación para viajar a la Habana de nuevo.


De febrero a septiembre de 1959, Marita, en calidad de secretaria personal del líder cubano, y Fidel pasaron siete meses encariñados. Para la chica, Fidel de 33 años era su primer amor. En aquel entonces Castro ya se había divorciado de su ex esposa Milta Diaz hacia cinco años. Marita llamaba a Fidel como “mi querido cubanito barbudo”, este por su parte le bautizaba como “mi chica alemana”. No pasó mucho tiempo, cuando Marita descubrió haber embarazado. Sin embargo, un día fue secuestrada y obligada a abortar. Después regresó a Nueva York.


Marita siempre ha considerado que fue la CIA la que le obligó a abortar. Los padres de Marita Lorenz fueron espías de la CIA, y Frank Stuargis, funcionario de la CIA encargado de los asuntos cubanos, intetaba aprovechar las entrañables relaciones de Marita con Fidel para asesinar a este último. Coaccionada por la CIA, Marita Lorenz fue reclutada como espía del organismo y enviada a un centro de servicio secreto en Miami para el adiestramiento. El jefe de la Brigada Anticomunista Internacional Gerry Patrick Hemming, su entrenador, le inculcó en la idea de que “con el asesinato de Fidel Castro, que es la voluntad del Diós, se puede salvar el mundo”, y otros absurdos por el estilo. Le obligaron a aprender a disparar, explotar, asesinar y otras habilidades. La CIA me ha convertido en un robot, recordó Lorenz.

Tras el entrenamiento de varios meses, Marita fue enviada a Cuba para cumplir la misión de atentado contra el líder de la revolución cubana. Llegó al país caribeño con unas cápsulas de veneno escondidas en su maleta. Al reunirse de nuevo, Fidel Castro, fijando la mirada en ella durante algún rato, le preguntó: “¿Has venido a matarme?”. Marita, asustada por la pregunta, se vio obligada a darle una respuesta afirmativa. Los dos se miraban el uno al otro con consternación sin saber qué hacer. No podía ser tan dura para asesinar a su amado y echó el veneno al bacín. Regresó a los EEUU algunos días después. La CIA no la dejó impune y la castigó severamente sometiéndola a las torturas física y espiritual. La victima estaba a punto de suicidarse.

Un estudio cinematográfico filmó en 2000 un documental a base de la autobiografía de Lorenz. La cinta se estrenó en los cines alemanes en octubre del año, con el nombre "Lieber Fidel, Maritas Leben", que en castellano se traduce como "Querido Fidel. La vida de Marita". En una entrevista concedida a los medios, esta anciana sesentona se mostró profundamente arrependida. “La CIA, más cruel que la mafía, ha destrozado toda mi vida. Entrar a la CIA es fácil. Pero hay una sola forma de salir: dentro de un ataúd”, afirmó. Dijo que tiene dos deseos: regrresar a Alemania, su tierra natal, y reunirse con Fidel Castro. Esperaba que Castro le disculpara. “Quiero decirle: te amo mi barbudo”, dijo agregando que “el amor es más fuerte. No lo mato ya que no soy asesina de nacimiento y no puedo quitarle la vida a mi amado”. (Continúa) (Pueblo en Línea)
17/10/2006

 

Sumario
Un día de febrero de 1959, en el puerto de la Habana estaba anclado un lujoso barco de pasajeros, el “Berlín”, atractivo y reluciente bajo el sol. Al ver la embarcación, Fidel Castro, en una gira de inspección por el puerto, se paró y se desplazó hacia ella.


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