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El ministro de Desarrollo Social de Brasil, Patrus Ananías, dijo esta semana a periodistas extranjeros que "este gobierno está consiguiendo mostrar que es posible tener desarrollo económico junto con justicia social".
La frase es una referencia directa a un dogma de los economistas encabezados por Antonio Delfim Neto, ex ministro de los gobiernos militares (1964-85), quien sostenía la necesidad de "primero hacer crecer la torta, para después poder dividirla".
Ananías enumera cifras para fundamentar su afirmación: el Producto Interno Bruto (PIB) por persona aumentó 2,3 por ciento en 2006 (sobre el año anterior), en el cuarto año de gobierno del presidente Luiz Inácio Lula da Silva.
En el mismo año, el ingreso medio de los brasileños aumentó 9,16 por ciento, y mientras el del 10 por ciento más rico de la población creció 7,85 por ciento, el del 40 por ciento más pobre aumentó 12 por ciento.
En esa mejoría de las condiciones de la población más necesitada desempeña un papel fundamental, pero muy discutido, el programa "Beca Familia", figura de proa de las políticas sociales del gobierno del Partido de los Trabajadores.
A nivel individual no parece algo muy impresionante: las familias que ganan menos de 64,5 dólares por persona tienen derecho a recibir una ayuda gubernamental de 31 dólares, que puede subir a 60 dólares si tienen tres hijos o más.
Pero las condiciones de miseria en la sociedad brasileña son tales que esa reducida suma ha cambiado la vida de quienes la reciben, y eso se refleja en la proporción de personas que viven en situación de extrema pobreza en el país, dijo Ananías.
En 1992, cuando se establecieron las llamadas Metas del Milenio (entre ellas, reducir a la mitad la extrema pobreza hasta 2015), Brasil tenía 11,73 por ciento de su población en esas condiciones; en 2006, representaban sólo el 4,69 por ciento.
La meta de 2015 ya fue alcanzada, subrayó el ministro.
Asimismo, el hecho de contar con la beca permite a los más pobres negociar mejor sus condiciones de trabajo, en un país aún marcado por formas semiesclavistas de relación laboral, como el trabajo no remunerado y el trabajo infantil, destacó.
Además, en las regiones más pobres de Brasil, ese pequeño ingreso ha servido, probadamente, para revitalizar el comercio en las poblaciones más pequeñas y, en consecuencia, mejorar la recaudación municipal y el nivel de empleo.
"Una de las principales críticas que se hacían era sobre la libre utilización de ese dinero por parte de los beneficiarios. Hemos hecho muchas encuestas al respecto, y el resultado es unánime: las personas lo gastan bien", señaló Ananías.
Unas familias prefieren utilizarlo para mejorar su alimentación, otras en hacer reformas en su vivienda, otras más en la compra de material escolar; pero prácticamente todas lo usan de manera productiva.
El ministro observó, sin embargo, que los principales resultados del programa que beneficia actualmente a 11 millones de familias pobres sólo empezarán a verse cuando los que ahora son niños se hayan vuelto adultos.
La mejora en las condiciones de alimentación, salud y educación, que son contrapartidas obligatorias para quienes reciben la beca, sólo se reflejará en la generación siguiente. "Estamos trabajando para los hijos de quienes reciben la beca", enfatizó.
Pero la objeción más seria hecha al programa es, usando una expresión que desagrada al ministro, que no cuenta con "puertas de salida", es decir mecanismos que permitan al beneficiario librarse de esa dependencia.
"Nosotros estamos preocupados con las 'puertas de entrada', ya que nuestros estudios muestran que en el país hay 16 millones de familias necesitadas, y nosotros atendemos sólo a 11", observó Ananías en respuesta a pregunta de Xinhua.(Xinhua) 03/12/2007
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