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Llegué, con una mascarilla anticontaminante, a Beijing, que me parece más atractiva que París.
Creía que sería un poco inaceptable el traslado del Bario No.7 de París a un colegio ubicado al noroeste de Beijing. Hace 10 años, vine a la capital china con una mascarilla anticontaminante de de uso quirúrgico, trajes guateados y antibióticos suficientes para una farmacéutica.
Sin embargo, he descubierto que Beijing es más atractiva que París. Ya no puedo reconocer esta ciudad que visité hace 10 años.
Ví a constructores triturando piedras con martillos en la céntrica Avenida de Changan. Hoy se ve rascacielos, supermercados, pasillos subterráneos, parques y matorrales por doquier. Cuando paseo por las calles, los niños ya no vuelven a indicarme sonriendo sin motivos. Cuando llega la primavera despidiéndose del invierno gris y oscuro en Beijing, me amanezco con un cielo azul y claro.
Desde luego, para mí ya no son sorprendentes las preguntas de algunas personas sobre la pobreza, tráfico, contaminación, xerofobia, extraños alimentos y otros clichés repugnates por el estilo acerca del antigüo país. Yo debo permanecer paciente cuando lamentan la destrucción de muchos callejones antigüos de Beijing, cuando se quedan maravillados de que yo no necesite a un guía para recorrer la ciudad y cuando me preguntan si me interceptan cuando yo telefoneo con un celular.
En realidad, en la actualidad Beijing, que en el antaño, fue gravemente contaminada, sin contemplaciones y con muy difícil circulación, ha ofrecido una fisonomía totalmente diferente.
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