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Todavía no se ha superado la crisis del sistema financiera, y el sector automovilístico de EEUU ha caído en una precariedad tambaleándose en la incertidumbre. La depresión en la venta, el estacamento de créditos, pérdidas cuantiosas y corte de liquidez se les vienen encima. Los tres grandes fabricantes automovilístcos de EEUU han llegado al bordo de la bancarrota en disintos grados. Para buscar la ayuda del Gobierno, los altos cargos de General Motors, Ford y Chrysler se precenciaron días atrás en el Congreso para persuadirle adoptar, antes de su recesión, una moción de ayuda al sector aumovilístico a fin de aliviar sus dificultades inmediatas. Sin embargo, como el Congreso y la Casa Blanca se imputan recíprocamente obligaciones, sumada la carencia de un plan de acción convincente de los tres fabricantes, los responsables regresaron con mano vacía. Después de que el Gobierno norteamericano extiende una mano de ayuda a bancos y aseguradoras, ahora es un nuvo foco de atención en medio de la crisis financiera si hace lo mismo con respecto al sector automovilístico.
General Motors y otras dos compañías representan el sector automovilístico de EEUU, y durante largo tiempo son vistas como pilares y símbolos de la potente industria manufacturera del país. Ha provocado polémica en EEUU el problema de cerrar o no los ojos ante la quiebra de los grandes fabricantes de automóviles. Con anterioridad algunas instituciones financieras y el gigante aseguradora AIG han obtenido ayuda gubernamental, porque su bancarrota puede originar riesgos sistemáticos en todo el mercado de créditos. La Administración de Bush sostiene que las instituciones financieras juegan un papel de las indispensables instalaciones púbicas como suministradores de agua y electricidad en la economía en su conjunto. Ningún gobierno se permite el lujo de cerrar los ojos ante el corte de suministro de agua y electricidad. La idea implícita es que la crisis del sector automovilístico no podrá producir una influencia catastrófica, como el derrumbe del sector financiero, en la economía norteamericana y la mundial.
El Partido Demócrata, que está en favor de la ayuda, sostiene que es perentoria la acción gubernamental. La razón que esgrima es que el derrumbe del sector automovilístico afectará a muchos sectores relacionados, conduciendo finalmente al desempleo de millones de trabajadores, hasta impulsar la tasa de desocupación al nivel de 10 por ciento. Además, la carga de pensión para el gran contingente de jubilidados de este sector pasará al Gobierno, lo que significa un golpe insoportable para la economía norteamericana que ya se encuentra en múltiples aprietos. Como la cadena de suministro de estas tres compañías se extiende por muchos países, la quiebra de ellas podrá afectar negativamente a todo el mundo. Lo más preocupante es que muchas instituciones financieras tienen bonos emitidos por los fabricantes de automóviles. Las autoridades estiman que el monto implicado en el incumplimento de contratos por parte de estas tres compañías y de las instituciones financieras pertinentes llegará a 290.000 millones de dólares. A causa del deterioro de los resultados de estas compañías, se ha duplicado los seguros al efecto. Muchas personas en el sector financiero se preocupan de que el derrumbe de la industria automovilística acrecentará la presente crisis de créditos.
Como consecuencia del desacuerdo en la apreciación del asunto, el Congreso y la Casa Blanca se hallan en un estacamiento en materia de la procedencia del fondo. La Casa Blanca sostiene el plan de unir 25.000 millones de dólares, adoptado por el Congreso en septiembre del presente año, para impulsar la transformación de la industria automovilística de EEUU en modelo ecológico, podrá servir como “fondo de ayuda vital”. Pero los demócratas se oponen al destino de este fondo, y esperan destinar 25.000 millones al sector automovilístico, derivados del fondo de los 700.000 millones para la ayuda financiera. Esto equivale a elevar el fondo de ayuda al sector automovilísto a 50.000 millones. La Casa Blanca se opone insistentemente a ello, porque preocupa que una vez establecido este precedente, los demás sectores en aprietos solicitarán ayuda y afectará la ayuda financiera, y no contribuirá a la recuperación del mercado de crécitos.
Esta polémica afectará la orientación de de desarrollo de la industria automovilística de EEUU. El sector automovilísto atribuye su aprieto a la crisis financiera. Pero la realidad es que la sociedad norteamericana y los medios del país no se simpatizan con la industria automovilítica, sosteniendo que este sector se halla en aprieto desde hace tiempo, y la causa de ello es la mala gestión y la falta de innovación , lo que conduce a la pérdida de competitividad. Muchos congresistas sostienen que si estas compañías no llevan adelante reformas penosas, el resultado de la ayuda, por mucha que sea, no sirve sino aplazar su desaparición. A su juicio, no se destinará dinero al respeto sino después de considerar el plan de factibilidad de estas compañías y conocer el rumbo de su desarrollo. Antes de que Obama asume formalmente el poder, las tres compañías automovilísticas no tendrán otro remedio que buscar salida por cuenta propia si no pueden presentar planes factibles antes del 2 de diciembre, plazo dado por el Congreso, y si el Congreso y la Casa Blanca no pueden llegar a un acuerdo de compromiso.
Sea lo que sea el plan del futuro Gobierno de Obama para ayudar al sector automovilístico, la ayuda prerstada no será una comida gratuita. Para que el dinero de los contribuyentes tenga su retribución, cualquier plan tiene que apuntar a la recuperación de la competitividad de la industria automovilística de EEUU. Esto implica demandas exigentes como mejorar la gestión y cortar el bienestar de los sindicatos. Sin embargo, los sindicatos son siempre codos privados del Partido Demócrata en las elecciones, esto hace que la ayuda a la industria automovilística constituye un desafío para el Gobierno de Obama. (Pueblo en línea) 27/11/2008
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