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Hace aproximadamente 10 años, sostuve una conversación con un empresario del sector textil, sobre la industria cinematográfica china. Me preguntó cuánto ingresaba anualmente ésta, y no pudo contener su asombro cuando le respondí: “de 500 a 800 millones de yuanes ($72-116 millones)”. Era menos que el volumen de ventas total de su compañía.
Es probable que no haya mejor ejemplo del triste estado en que se encontraba la industria cinematográfica local en aquel momento.
Sin embargo, las cosas han estado cambiando para bien desde entonces: El año pasado, el volumen de ventas de la industria cinematográfica alcanzó los 6.000 millones de yuanes ($879 millones).
Esta industria tiene siempre sus mejores momentos al principio de cada año, como ha sucedido en el actual año, por ejemplo. Al público parece importarle menos la calidad de las películas cuando se aproxima el Año Nuevo: Toda clase de filmes son bienvenidos, sin importar su calidad.
Los espectadores chinos le exigen poco más que buen humor y capacidad de diversión a las películas, puro escapismo, razón parcial para la bonanza económica que vive hoy el sector fílmico chino.
Da la impresión de que la industria cinematográfica china sólo procura un florecinte negocio que se refleje en los resultados de la boletería. Una película no debe recargarse con confesiones o ideas; la diversión se ha convertido en su único objetivo.
Sin embargo, cabe preguntar si esta es la única opción. Pongamos el ejemplo de Avatar. Incluso los éxitos comerciales de Hollywood tienen sus propios valores y filosofía. Por supuesto, los ideales de Hollywood se expresan mediante el entretenimiento de masas.
Desde este punto de vista, nuestros estándares son demasiado bajos. El problema es que siempre hay voces que insisten en que las películas chinas deben tener la posibilidad de ser vistas a escala mundial. Por lo tanto, se dedican grandes cantidades de dinero cada año a exhibir películas chinas en el extranjero, con el objetivo de exportar valores chinos y la cultura china. Sin embargo, la pregunta sobre la esencia de nuestros valores todavía no obtiene respuesta. Puesto que todavía queda por definir con claridad cuáles son nuestros valores compartidos, su exportación puede parecer sólo una ilusión.
Al día siguiente de que el presidente de EE.UU., Barack Obama, asumiera el puesto, leí su discurso inaugural en el periódico. Los ojos se me llenaron de lágrimas. No fue por lo que él dijo que me conmoví - él sólo recalcaba valores universales compartidos, a saber, libertad, igualdad, derechos humanos, justicia, medio ambiente y ayuda a los necesitados-. Fue el hecho de que él los enumerara en su discurso de inauguración, y confirmara el espíritu y los valores de una sociedad lo que provocó mi llanto.
Sin embargo, en nuestra cultura es diferente. Los valores oficiales que han predominado por mucho tiempo han sido vagos y en conflicto con los que aceptamos. El resultado es el miedo y la falta de comprensión de China, que es una economía en acelerado desarrollo.
Nuestros valores compartidos nunca han sido bien definidos: Las películas, los escritos y ensayos, procuran todos dar con una descripción del rostro de una China en ascenso. Por lo tanto, la imagen que proyectamos al mundo no pasa de ser un ente impreciso, lo que impide que el mundo exterior tenga una opinión clara sobre nosotros.
Desde este punto de vista, nuestra tarea urgente no es exportar la cultura y el arte, sino una definición clara de nuestros valores compartidos. Quizás no se requiera demasiada creatividad para este proceso: Todo lo que tenemos que hacer es encontrarlo y aceptarlo, porque nuestros valores compartidos deben ser populares y en correspondencia con nuestra cotidianidad, en vez de quedar fuera de nuestro alcance.
Otro problema es quién puede tomar en sus manos la misión de exportar nuestra cultura. Desde los años 80, el elitismo cultural ha ido perdiendo terreno y, por supuesto, el elitismo que existió en nuestra cultura también tuvo muchos efectos negativos, como el de quedar al margen de la realidad.
Y hoy, en la era de la informática, con medios emergentes como Internet bombardeándonos con información, comenzamos a sentir la necesidad de contar con una clase inteligente que pueda emplear su conocimiento en resumir las complejidades de nuestro día a día. Es difícil encontrar substitutos a la élite intelectual a la hora de exportar la cultura y los valores.
Las élites no deben permanecer aisladas de la gente común; más bien al contrario, son también una parte del pueblo, esencial e imprescindible. Si la voz que la sociedad necesita no puede encontrar un canal, la misma se perderá en el ruido que genera el caos.
Crecí en un pequeño poblado donde escaseaban los recursos culturales. Durante mucho tiempo en mi adolescencia, no había otra opción a mi alcance que telenovelas y películas de kungfu de Hong Kong. Sin embargo me siento recompensando por haber adquirido el hábito de la lectura.
A mediados de los años ochenta, leí la novela Ren Sheng, o Vida, escrita por el Lu Yao, en la cual se aborda el tema del sistema de hukou. La novela me llevó a reconocer la desigualdad creada por el sistema de hukou. Fue la lectura la que me dio ideas y pensamientos deliberativos.
Por lo tanto, bien podría concluir señalando que es un error grave afirmar que la gente no necesita las ideas o la cultura. Creo firmemente que si China espera ascender otra vez, será preciso redefinir el papel de su élite intelectual, a la vez que se hace hincapié en la necesidad de su existencia.
Por Jia Zhangke, el autor es director de cine chino.
(Pueblo en Línea)
05/02/2010
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