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El miedo a caer enfermo es una sombra que acecha a casi todos los chinos, a pesar de la continuada elevación de los ingressos individuales, porque los gastos médicos bien pueden llevar a una familia a la ruina.
Pero aún peor, el público ha perdido la confianza en los servicios médicos proporcionados por los hospitales públicos.
El consenso hoy es que la reforma médica iniciada en los años 90 fue un fracaso. Una nueva ronda de reformas comenzará este año, como parte de la cual se implementarán proyectos pilotos en 16 hospitales seleccionados en toda la nación.
Este mes, el Consejo de Estado subrayó que la reforma de los hospitales públicos debe partir de la premisa de que dichas instalaciones sigan “siendo públicas,” con lo cual parece hacer alusión a la naturaleza de los cambios anteriores, que colocaron la búsqueda de la ganancia en un pedestal de honor. Cada hospital debía funcionar con el criterio de una empresa.
Se pensó entonces que los beneficios serían incentivos para ampliar la disponibilidad de los servicios médicos. Como resultado además, la proporción de financiación del Gobierno ha ido disminuyendo constantemente de año en año. Por otro lado, con la dificultad creciente para acceder a los hospitales privados, los centros de salud públicos siguen siendo la única opción para la mayoría de los chinos.
Cuando los hospitales adquieren un carácter lucrativo, los doctores comienzan a sacrificar su misión de servir a los pacientes. La indiscriminada prescripción de drogas y la aceptación de sobornos, tanto de pacientes como de representantes farmacéuticos, se vuelven rutina.
Las medicinas asequibles pero eficaces desaparecen de la farmacia del hospital y las pequeñas clínicas se ven amenazadas con la extinción. El resultado es un gasto médico altísimo, más allá del alcance de la gran mayoría.
A semejanza de otros sectores, los hospitales públicos se ven afectados por el deterioro de los servicios debido a la falta de supervisión y a la pérdida de responsabilidad moral. De ahí que no sean extraños los relatos espeluznantes que de cuando en cuando publica la prensa, como el de un paciente que fue enviado a una casa fúnebre en vida, porque la familia no podía cubrir las facturas del hospital.
Cuando los pacientes no pueden tener acceso al tratamiento médico básico y deben resignarse a esperar la muerte pasivamente, esta situación queda como una mancha que afea el milagro económico que el Gobierno proclama con tanto orgullo.
La cobertura universal de la asistencia médica básica es obligación de cada estado. La parte difícil es echar a andar el programa ¿Se debe ocupar de ello el Gobierno, o es mejor dejarlo a las fuerzas del mercado?
El enfoque de EE.UU., que descansa en las compañías de seguros comerciales para financiar el sistema sanitario, ha dejado a gran parte de la población desprotegida. Pero, por otro lado, el sistema de hospitales públicos tienen que solucionar el problema de mantener la eficiencia y la imparcialidad, a la vez que mantiene controlados los costos.
Las pautas de la reforma de los hospitales públicos publicadas por el Consejo de Estado el pasado martes, estipulan la prohibición de que dichos centros asistenciales descuenten un porcentaje sobre el volumen de medicinas vendidas. Eventualmente, los pagos por tratamiento médico y la financiación del Gobierno se convertirán en su principal fuente de sostenimiento. Los hospitales ya están a punto de poner el grito en el cielo debido al enorme déficit que se les viene encima y, en consecuencia, claman ya por un subsidio masivo.
La reforma de los hospitales es un desafío para el Gobierno. Pero sea como fuere, la demora o impedimento a la reforma no puede ser la respuesta. (Pueblo en línea)
08/02/2010
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