Actualizado a las 2008:03:28.15:49

La violencia bajo el manto de la religión

El escritor y filósofo ganador del Premio Pulitzer Will Durant dijo que “la religión es la última materia que el intelecto puede empezar a entender”.

El poder de la religión y de las creencias se ha usado a menudo para expandir las ambiciones políticas de reyes y emperadores. Incluso en tiempos actuales, los santuarios religiosos y la fe de los creyentes continúan manipulándose con fines políticos.

A veces, los manipuladores son grupúsculos políticos que pretenden fragmentar un país.

El único propósito real que pueden tener los sangrientos disturbios de Lhasa es separar el Tíbet de China.

De lo contrario, ¿qué razón tenían los manifestantes para atacar y matar a civiles inocentes, provocar incendios y destruir instalaciones públicas?

¿Por qué hubo grupos de monjes que emprendieron una “marcha al Tíbet”, cruzando la frontera con la India, exactamente el mismo día en que 300 agresivos monjes del monasterio de Drepung se manifestaron en el centro de Lhasa?

¿Por qué hubo disturbios similares en otras partes de China y ataques de descontrolados a misiones diplomáticas chinas en el extranjero?

Y, sobre todo, ¿por qué el autor intelectual del derramamiento de sangre juega a ser el bueno y declara falsamente que la culpa de la violencia es del gobierno chino, y no de los participantes en los disturbios?

Cualquier persona con un mínimo de sentido común puede ver clara la situación: fingiendo inocencia, busca la solidaridad de gente inocente de todo el mundo y apoyo internacional para su reivindicación independentista.

La serie de acontecimientos ocurridos en Lhasa y en otros lugares de China parece haber sido organizada. Los grupos violentos de la capital tibetana, que aparentemente emplearon piedras y líquido inflamable, estaban dispuestos a matar, sabotear y hacer cundir el pánico entre la población.

Estos hechos no se parecen ni remotamente a lo que afirman el Dalai Lama y sus adláteres, es decir, que lo que realmente tuvo lugar fueron protestas “espontáneas” y “pacíficas”.

Cuando la camarilla del Dalai Lama asegura que intenta defender el Tíbet de los supuestos “genocidio cultural” y “represión religiosa”, utilizan el mismo viejo truco de disfrazar su postura antichina bajo el manto de la religión.

“Los manifestantes vestidos con túnicas no eran auténticos monjes y lo que hicieron está totalmente en contra de las normas del budismo”, afirmó Ngawang Daindzin, considerado un buda viviente.

Si el Dalai Lama pretendía ser digno de su autoproclamada condición de líder espiritual, al menos debería haberse abstenido de abusar del poder de la religión.

Además, si de verdad ama su tierra de origen y a sus paisanos tibetanos, no debería haber perturbado la pacífica ciudad budista de Lhasa con escenas de sangre y fuego, causando tanto dolor a gente inocente.

Entre las víctimas había incluso niños.

Se me rompió el corazón al leer que más de 20 descontrolados portando cuchillos habían incendiado un colegio de Lhasa tras su fallido intento de asaltarlo el viernes anterior. Más de 800 adolescentes se acurrucaban temerosos y angustiados por la pérdida de sus aulas, mochilas y libros, y ante el peligro de perder la vida.

No puedo imaginar durante cuánto tiempo conservarán esos niños, tanto tibetanos como de etnia han, un recuerdo tan doloroso en la memoria. Ojalá no sea durante el resto de sus vidas.

La hipocresía del Dalai Lama ha puesto en juego el poder de su religión, pero no puede engañar a todo el mundo indefinidamente. El budismo no puede servir de cobijo al separatismo.

De cualquier forma, el Tíbet pertenece a China, ahora y para siempre.(CIIC)
28/03/2008



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