LA DIETA DE LOS CAMPEONES |
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| 15:16, September 09, 2008 |
Todos sabemos que un régimen equilibrado es la base fundamental para una vida sana. Abusar de ciertos alimentos perjudiciales o no incluir en la dieta diaria las necesarias porciones de fruta y verdura –junto a la práctica nociva de una vida sedentaria– pueden conducir a medio o largo plazo al sobrepeso y la obesidad, y aumentar exponencialmente el riesgo de padecer algunas de las muchas enfermedades que conllevan. La obesidad es ya, según la OMS, uno de los principales problemas de salud –algunos ya la denominan “epidemia”– a los que se enfrenta la población de los países industrializados, y aquéllos en vías de desarrollo muestran una preocupante tendencia en ese mismo sentido. Todo lo que ingerimos va a afectar de alguna manera a nuestra calidad de vida. “Soy lo que como”, dice el adagio, y no podemos sino rendirnos ante la evidencia.
Si esto es verdad para cualquiera de nosotros en circunstancias normales, lo es todavía más si se tiene que participar en una competición del más alto nivel, como las Olimpiadas. Ahí sí que tenemos que ser especialmente cautos a la hora de decidir nuestra dieta, porque no estamos hablando sólo de obesidad, o de enfermedades coronarias: una simple diarrea puede acabar con los sueños de cualquier atleta favorito para el oro. Aquí en Beijing, y por extensión en toda China, la comida es una tentación constante difícil de resistir, y aunque algunas delegaciones nacionales llevan con ellas sus propios cocineros, e incluso sus propios alimentos, es fácil que más de un miembro se escape alguna vez del riguroso control y acabe saboreando alguna de las muchas delicias que aguardan ahí fuera.
El resto de los mortales no optamos a ninguna medalla olímpica, pero por esa misma razón no estamos obligados a seguir un estricto régimen y podemos echarnos en brazos de la gastronomía china sin el más mínimo remordimiento de conciencia. Quien más y quien menos, aunque no haya visitado nunca este país, ha comido alguna vez en su vida en un restaurante chino en su propia ciudad –si uno echa la vista atrás, parece que los haya habido siempre. Le habrá gustado en mayor o menor medida, y es fácil que acabe repitiendo, pero nunca imaginará que lo que allí le ofrece el menú es sólo una milésima parte de lo que puede disfrutar viniendo aquí. Aunque es complicado establecer un rango entre gastronomías nacionales, la cocina china se encuentra seguramente entre las mejores del mundo; sí me arriesgo en cambio a ser categórico al afirmar que se trata sin ningún género de dudas de la más variada. Por supuesto esto tiene mucho que ver con la extensión de su superficie, pero no sólo eso –comparemos con Estados Unidos o Rusia, por ejemplo; cada una de las cocinas locales o provinciales –Guangdong (la ubicua y riquísima cocina cantonesa), Sichuan, Hunan (ambas muy picantes), Beijing (representativa del norte del país), Xinjiang (la gastronomía musulmana de los uigures)…– presenta también una tremenda variedad de platos y especialidades, parangonable a la de muchos países europeos.
Y aprovechar las Olimpiadas para comer en Beijing es el mejor modo para conocerlas, ya que aquí se concentran restaurantes tradicionales de todas las provincias y minorías de China. No será posible probarlas todas durante nuestra estancia, pero podemos tomar cada día y en cada momento un plato distinto sin tener que repetir nunca la misma comida. La experiencia, para alguien que llega por primera vez a este país, es menos arriesgada de lo que parece. Por supuesto la situación ideal es acudir acompañados de un amigo o colega de trabajo chino y dejarnos aconsejar por su experiencia, pero incluso sin saber una palabra de mandarín uno puede al menos intuir qué es lo que va a comer mirando las fotografías a todo color que un gran número de restaurantes incluye en sus interminables menús, o leyendo las traducciones al inglés –o por lo menos en chinglish, una versión híbrida del idioma de Shakespeare– que muchos otros locales también tienen a disposición. Los hay de todo precio y condición, aunque en la mayoría de los casos se puede disfrutar de un opíparo banquete por una cifra moderada. Sin duda habrá también ocasión para darse un homenaje en un lugar un poco más sofisticado, más chic, pero yo recomiendo, después de haber probado el pato a la pequinesa, el hot pot y otros tantos placeres gastronómicos en algunos de los famosos restaurantes señalados por las guías turísticas, callejear sin rumbo por los rincones del centro histórico, detenerse por ejemplo a la hora de la cena en alguno de los puestecillos de comida de Dong’anmen –entre Wangfujing y la Ciudad Prohibida– y atreverse con las verduras, los arroces, los rollitos, los pescados, los fritos, los pinchos…, simplemente indicando con el dedo. Son tan deliciosos como parecen, y no tan perjudiciales si después rematamos la comida con un buen digestivo chino de hierbas aromáticas.
Por Fernando Miguel
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