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La llamada “teoría de la amenaza de la IA china”: vino viejo en botella nueva
A principios de mayo, la revista estadounidense Wired reveló que la organización “Build AI in America” había contratado a influencers con elevadas remuneraciones para difundir la llamada “teoría de la amenaza de la IA china” en plataformas como TikTok. Esta manipulación de la opinión pública constituye una nueva versión de la “teoría de la amenaza china” en la era digital: ha cambiado el tema hacia la inteligencia artificial, pero sigue conteniendo el viejo vino de la mentalidad de la Guerra Fría. Al revisar la historia, se observa que la “teoría de la amenaza china” ha pasado ya por varias versiones. Desde la “amenaza militar china” de finales del siglo pasado, pasando por la “amenaza económica china” de comienzos del siglo XXI, hasta las más recientes “amenaza energética china” y “amenaza medioambiental china”. Cuando la inteligencia artificial se convirtió en el centro de la competencia tecnológica mundial, Estados Unidos dirigió rápidamente su atención hacia China. La rapidez de este cambio narrativo pone precisamente de manifiesto que no se basa en hechos, sino que sirve a objetivos políticos predeterminados.
Si se analiza detenidamente la lógica operativa de “Build AI in America”, se observa que sigue exactamente el mismo patrón que las anteriores teorías de la amenaza. En primer lugar, crear un enemigo. Se proporcionan discursos y mensajes estandarizados para presentar a la IA china como la “principal amenaza externa”, afirmando que recopilará información de los ciudadanos y desplazará empleos estadounidenses. En segundo lugar, desviar las contradicciones internas. Las principales empresas estadounidenses de IA afrontan actualmente presiones reales, como los elevados costes energéticos y las controversias sobre la sustitución de empleo, por lo que exagerar una amenaza externa sirve para redirigir la atención de la opinión pública hacia China. En tercer lugar, obtener recursos. Se busca crear un ambiente favorable de cara a las elecciones y promover que el Congreso aumente las subvenciones federales y flexibilice la regulación del sector. Todo ello recuerda a cuando se exageraba la “amenaza militar china” para justificar el aumento del gasto militar o cuando algunos políticos promovían el discurso del “impacto de China” para impulsar medidas proteccionistas.
Según datos del Centro de Investigación Pew, alrededor de la mitad de los adultos estadounidenses obtienen habitualmente información y noticias a través de las redes sociales. Entre los jóvenes de 18 a 29 años, cerca del 40 % considera el contenido de los influencers como una importante fuente de referencia informativa. La campaña de “Build AI in America” se dirigió precisamente a plataformas frecuentadas por los jóvenes, como TikTok e Instagram. Según revelaron medios estadounidenses, la organización contrató a una empresa profesional de marketing y firmó acuerdos con influencers por una remuneración de 5.000 dólares por vídeo publicado. Mientras promocionaban ampliamente las ventajas de la tecnología estadounidense de inteligencia artificial, también desacreditaban deliberadamente el desarrollo de la IA china, difundiendo constantemente la idea de que la inteligencia artificial china supone una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos, la privacidad de los datos personales, el empleo local e incluso la seguridad en el crecimiento de los jóvenes. Lo irónico es que, mientras Estados Unidos alimenta la llamada “teoría de la amenaza de la IA china”, sigue dependiendo profundamente del mercado chino; y mientras proclama defender la libertad y la innovación, establece de forma artificial barreras tecnológicas. Esta contradicción entre palabras y hechos resta credibilidad a su narrativa internacional.
Frente a este tipo de campañas encubiertas financiadas a través de influencers por organizaciones como “Build AI in America”, se debería animar a desarrolladores extranjeros y usuarios reales a publicar vídeos breves sobre sus experiencias en plataformas como TikTok e Instagram, utilizando la difusión espontánea de la sociedad para contrarrestar las campañas de desprestigio pagadas. Al mismo tiempo, frente a contenidos maliciosos, pueden activarse mecanismos de denuncia en las plataformas y procesos internacionales de verificación de hechos para reducir el espacio de difusión de estos fondos opacos. Sin embargo, la clave para hacer frente a este tipo de manipulación mediática sigue siendo escapar del “marco de suma cero” establecido por la otra parte. En primer lugar, hay que volver a la tecnología misma y desmontar la narrativa de la “hegemonía tecnológica” mediante la colaboración de código abierto y el desarrollo inclusivo. En la actualidad, China está promoviendo activamente el código abierto en inteligencia artificial, permitiendo que los países del Sur Global utilicen modelos avanzados a bajo coste, lo que constituye en sí mismo la respuesta más contundente a la supuesta amenaza de la IA. En segundo lugar, es necesario establecer mecanismos permanentes de transparencia y basarse en estándares internacionales y datos verificados por terceros. Por último, en la batalla de la opinión pública se debe mantener el enfoque original, evitando caer en la “narrativa de la competencia” impulsada por Estados Unidos, defendiendo una gobernanza centrada en las personas y orientada al uso ético de la inteligencia artificial, y prestando atención al valor práctico de las aplicaciones de la estrategia “IA+”.
La tecnología no tiene fronteras, pero las narrativas siempre reflejan una determinada posición. Cuando resurgen las voces de la llamada “teoría de la amenaza de la IA china”, debemos no solo reconocer su naturaleza de vino viejo en botella nueva, sino también mantener la serenidad estratégica y ganarnos el reconocimiento de la comunidad internacional mediante resultados concretos. La verdadera capacidad de influencia discursiva nunca se obtiene simplemente refutando teorías de la amenaza, sino que surge de manera natural a través de contribuciones tecnológicas insustituibles y de los beneficios del desarrollo compartido a escala global.
(El autor es profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de Tecnología de Beijing y director ejecutivo del Centro de Investigación sobre Derechos Humanos y Tecnología.)


