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Un encuentro con Oriente entre trajes de gala
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| Foto por Yan Huan/Diario del Pueblo |
Por Yan Huan
Durante la Feria de Abril, el aire de la histórica ciudad española de Sevilla se impregna del aroma de los azahares. Al caer la tarde, la multitud que llena las calles fluye como un río de colores: las mujeres lucen los tradicionales vestidos de flamenca, con capas de volantes que se extienden desde los hombros hasta el bajo de la falda, en vivos y alegres colores; los hombres visten el traje tradicional andaluz y calzan zapatos de cuero impecablemente lustrados. Caminar entre ellos es como adentrarse en el escenario de una serie de época.
Un amigo sevillano me contó que vestir de gala es el «pasaporte» indispensable para acudir a la Feria de Abril. Esta celebración, que tiene lugar a finales de abril, se originó a mediados del siglo XIX como una feria primaveral de ganado. En aquella época, comerciantes procedentes de Cataluña y del País Vasco llevaban reses y ovejas a Sevilla para venderlas. Posteriormente, los grandes comerciantes promovieron la creación de un mercado anual dedicado a este tipo de transacciones, dando así origen a la Feria de Abril. Por entonces, los propietarios de fincas, los cocheros y las familias rurales acudían vestidos con sus mejores trajes tradicionales. Con el paso del tiempo, el carácter comercial de la feria fue perdiendo protagonismo, mientras que las reuniones familiares y los bailes se convirtieron en el centro de la celebración, una tradición cultural que se ha mantenido hasta nuestros días.
Lo más llamativo de las casetas de la feria son, sin duda, las apasionadas actuaciones de flamenco. Al compás de la guitarra, los bailarines giran y zapatean mientras manejan el abanico con extraordinaria destreza: unas veces con movimientos delicados y contenidos, otras con una fuerza y determinación arrolladoras; cada apertura y cierre del abanico se acompaña de expresivas miradas. Sobre sus hombros ondea el mantón de Manila, bordado con intrincados motivos florales, cuyos largos flecos se balancean al ritmo de los pasos de baile y armonizan perfectamente con el abanico. Estos dos objetos, hoy considerados símbolos del flamenco, guardan una estrecha relación con el comercio del Galeón de Manila de hace más de cuatro siglos.
A partir del siglo XVI, los abanicos plegables y los mantones de seda bordados procedentes de China partían de los puertos del sureste del país, eran embarcados en Manila (Filipinas), cruzaban el inmenso océano Pacífico hasta América y, desde allí, eran transportados en barcos mercantes a través del Atlántico hasta España. En aquella época, eran lujosos objetos orientales que despertaban admiración y gozaban del favor de la nobleza. Con el tiempo, gracias a las adaptaciones y reproducciones realizadas por artesanos locales, estos artículos fueron incorporándose poco a poco a la vida cotidiana, integrándose en la estética y el modo de vida de la población. Tras siglos de popularidad y continua reinterpretación, acabaron convirtiéndose en una parte inseparable del arte flamenco.
En el célebre taller centenario de bordados «Taller Foronda», en Sevilla, tuve por primera vez la oportunidad de contemplar de cerca estos mantones. La seda era suave y delicada, mientras que los hilos del bordado desprendían un cálido brillo bajo la luz. Juan Foronda, representante de la tercera generación del taller, desplegó cuidadosamente un mantón chino conservado por su familia desde hace más de un siglo. Sobre él se sucedían grullas, fénix, pabellones y otros motivos tradicionales chinos, en una composición de colores suaves y elegantes que mantenía la riqueza de matices y el gusto por los espacios vacíos propios de la estética tradicional china.
A medida que estos mantones se difundían a lo largo de las rutas comerciales marítimas, su aspecto fue transformándose de manera sutil. Los artesanos locales incorporaron colores más vivos e intensos: rojos brillantes, amarillos luminosos, azul cobalto y verde esmeralda se combinaban con fuerza y contraste. Los complejos motivos tradicionales chinos fueron cediendo paso a grandes rosas en flor, claveles y mariposas revoloteando, en perfecta sintonía con el carácter apasionado y exuberante del cante y baile andaluces.
La evolución de los abanicos siguió un proceso similar. En sus orígenes reflejaban la artesanía y los motivos propios de Oriente; hoy, sus superficies muestran escenas de emocionantes corridas de toros, los alegres desfiles de carruajes de la Feria de Abril, así como iglesias y plazas de las calles de Sevilla. A lo largo de varios siglos de adaptación local, este pequeño abanico ha incorporado elementos de la vida cotidiana hasta convertirse en un vehículo para expresar la cultura regional y la memoria histórica de sus habitantes.
La diseñadora de interiores Ed Espino nació en Sevilla y creció inmersa en el ambiente de la Feria de Abril, por lo que siempre ha sentido una cercanía natural hacia los abanicos, los mantones y los vestidos de flamenca. Me explicó que muchas personas creen que estos elementos festivos son originarios de Andalucía, cuando en realidad son viajeros culturales que cruzaron montañas, mares y siglos. «Estos elementos culturales procedentes de China llevan mucho tiempo integrados en nuestra vida cotidiana y en nuestras tradiciones locales, enriqueciendo aún más nuestra cultura».
Las palabras de Espino me dejaron una profunda impresión. Quienes acuden elegantemente vestidos a la feria quizá nunca se detengan a pensar en la trayectoria cultural que esconden un abanico o un mantón. Sin embargo, en esos rituales festivos tan cotidianos permanece oculto el testimonio del intercambio entre las civilizaciones del mundo. Aquellos objetos llegados de Oriente tras cruzar los océanos fueron integrándose poco a poco, a lo largo de varios siglos, en la vida de los andaluces. Hoy conservan la huella de su lejano origen, al tiempo que reflejan la creatividad local, y continúan contando, sobre los hombros, en las manos y en los pasos de baile de los sevillanos, una historia de intercambio cultural que trasciende el tiempo y el espacio.



