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Culpable de ser algo

El 31 de julio, Estados Unidos volvió a imponer sanciones, incluyendo a más de 40 empresas chinas —entre ellas marcas reconocidas como Septwolves, Synear Food y ChaCha— en una lista negra de importaciones por el supuesto "trabajo forzoso" en la región autónoma uigur de Xinjiang, en el noroeste de China.
A diferencia de ocasiones anteriores, esta vez los objetivos no son las patatas fritas de alta gama, sino productos básicos de consumo —empanadillas y semillas de girasol—, así como ropa de uso diario. Estos productos, populares entre los consumidores tanto en China como en Estados Unidos y que en su día impulsaron el comercio, ahora llevan la etiqueta infundada de "trabajo forzoso".
Nada mejor para "defender la competitividad" que declarar la guerra a las empanadillas, las semillas de girasol y la ropa. El absurdo de esta medida ha trascendido el ámbito de la política comercial normal y se ha convertido en una auténtica farsa. Al convertir el comercio cotidiano en un circo político, Washington no solo pisotea las reglas del mercado, sino que insulta abiertamente la inteligencia de los consumidores de ambos países.
Con esta última actuación, Estados Unidos desecha alegremente lo que le queda de seriedad.


