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Diversificar ya no basta: el nuevo desafío de Chile ante la visita del canciller chileno a China

Imagen de archivo del 13 de diciembre de 2024 de una empleada trabajando en la planta de Garces Fruit, en San Francisco de Mostazal, en la región de O'Higgins, Chile. (Xinhua/Jorge Villegas)
Por Ignacio Araya
Durante décadas, una de las respuestas más repetidas frente a la vulnerabilidad externa de Chile ha sido la diversificación. Diversificar mercados, ampliar la red de acuerdos comerciales y reducir una inserción históricamente concentrada en Estados Unidos y Europa. Esa estrategia ha sido razonable, pero en el escenario actual comienza a resultar insuficiente.
La reciente decisión de Estados Unidos de aplicar una sobretasa arancelaria de 12,5% a una parte de las exportaciones chilenas permite observar el problema. Según la Subsecretaría de Relaciones Económicas (SUBREI), alrededor del 53,6% del valor exportado quedó excluido, mientras cerca del 40,3% quedó afectado. Cobre y litio están entre las exclusiones, pero salmones, vinos y distintos productos agroalimentarios enfrentan nuevas condiciones de acceso.
El problema, sin embargo, no se limita al 12,5%. Hay una cuestión más profunda: la previsibilidad.
Chile mantiene un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos vigente desde 2004. Durante años, empresas de ambos países tomaron decisiones bajo determinadas condiciones de acceso. Cuando sobre ese marco se introducen nuevas sobretasas mediante decisiones unilaterales, la pregunta deja de ser solamente cuánto aumenta el costo de exportar. También debemos preguntarnos qué tan estables son las reglas sobre las cuales construimos nuestras relaciones.
Los acontecimientos de las últimas semanas agregan otra dimensión. Un reciente informe de la Casa Blanca, The Great Transshipment Scam, identificó a alrededor de 40 economías como potenciales espacios de triangulación de productos chinos para eludir aranceles estadounidenses. Entre ellas aparecen varios países latinoamericanos, incluido Chile.
El problema está en que la triangulación comercial difícilmente permanecerá como una discusión exclusivamente aduanera. Agencias de seguridad e inteligencia financiera de Estados Unidos, como FinCEN, ya han advertido que carteles del narcotráfico en México utilizan redes clandestinas y corredores financieros de origen chino para lavar recursos procedentes de la venta de drogas, incluido el fentanilo. Más recientemente, también se ha señalado que estructuras del crimen organizado brasileño, con el Primeiro Comando da Capital (PCC) a la cabeza, utilizan esquemas de lavado basado en el comercio mediante redes comerciales, importadoras y de distribución de tecnología y electrónica vinculadas a actores en China. Estos mecanismos permiten integrar recursos de origen ilícito con operaciones comerciales aparentemente legítimas y facilitar su movimiento transfronterizo. En ese contexto, la agenda sobre triangulación comercial podría terminar extendiéndose hacia la economía ilícita, el lavado de activos y el crimen organizado. Para Chile, el desafío es evitar que una controversia aduanera termine proyectándose sobre su relación con China en ámbitos mucho más sensibles.
Diversificar sigue siendo necesario porque permite repartir riesgos y ampliar alternativas. El problema no está en la diversificación, sino pensar que por sí sola es suficiente. También importa la estabilidad de las condiciones bajo las cuales esas relaciones pueden desarrollarse y cuánto pueden verse alteradas por decisiones externas. Si las relaciones comerciales que Chile construye con terceros países comienzan a incidir sobre las condiciones que negocia con otros socios, la diversificación por sí sola deja de resolver el problema de la incertidumbre.
No basta, entonces, con preguntar con cuántos países comerciamos. También debemos preguntarnos bajo qué condiciones lo hacemos. La diversificación reduce la exposición. La previsibilidad reduce la incertidumbre. Son problemas distintos.
Para una economía pequeña y abierta como la chilena, esto obliga a mirar la inserción internacional con un criterio más exigente. No basta con ampliar mercados ni con multiplicar acuerdos si las reglas pueden cambiar y si decisiones legítimas adoptadas en nuestras relaciones con terceros países pueden terminar alterando las condiciones negociadas con otros socios.
La diversificación respondió a un problema concreto de concentración y China fue, en buena medida, parte de esa respuesta. Hoy el desafío es distinto. No se trata simplemente de diversificar más, sino de incorporar un criterio adicional: la previsibilidad.
Esa discusión adquiere especial actualidad con la visita que el canciller Francisco Pérez Mackenna realiza esta semana a China. Antes de viajar, el propio ministro destacó que el TLC bilateral ha proporcionado durante dos décadas un marco jurídico estable y predecible. Su agenda combina diálogo político de alto nivel con inversión, servicios, ciencia y tecnología y formación de capital humano, en una relación bilateral que busca avanzar hacia ámbitos cada vez más diversos y de largo plazo.
En ese contexto, la fortaleza de la relación con China descansa también en factores políticos y económicos construidos a lo largo del tiempo. En el plano político, más de cinco décadas de relaciones diplomáticas han dado paso a una creciente institucionalización del vínculo, que alcanzó en 2016 el nivel de Asociación Estratégica Integral, expresión de una voluntad compartida de proyectar la cooperación bilateral hacia múltiples ámbitos y con una perspectiva de largo plazo. En el plano económico, esa continuidad se sustenta en la escala y trayectoria de crecimiento de la economía china y, especialmente, en la profundidad alcanzada por los vínculos bilaterales: China concentra alrededor de un tercio del comercio exterior chileno y el intercambio entre ambos países superó los US$67.000 millones en 2025. Pero la previsibilidad no deriva únicamente de la existencia de estos mecanismos o de la magnitud de los intercambios, sino también de su continuidad en el tiempo: a través de distintos gobiernos y coyunturas internacionales, la relación bilateral ha mantenido sus principales canales políticos y económicos y ha tendido a profundizar, antes que a revertir, los compromisos construidos.
La pregunta no puede ser qué relaciones debemos evitar para no generar cuestionamientos externos, sino bajo qué reglas Chile puede desarrollar sus relaciones económicas y confiar en que esas condiciones tendrán continuidad.
La diversificación ayudó a enfrentar la concentración. La previsibilidad debe ayudarnos ahora a enfrentar la incertidumbre.
El autor es doctor en Relaciones Internacionales por la Universidad Normal Central de China. Se ha desempeñado como consultor internacional, académico, columnista y asesor en el sector público de Chile.
(Las opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no reflejan necesariamente las posiciones del Diario del Pueblo digital)


