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Ataques a EE.UU. cumplen aniversario en medio de cambios en las relaciones entre grandes potencias
por Yuan Zheng
(El autor trabaja en el Instituto de Estudios sobre Estados Unidos, subordinado a la Academia de Ciencias Sociales de China)
La campaña antiterrorista internacional que está dirigiendo EE.UU. ha representado cambios notables en los patrones de la política internacional, factor que ha afectado asimismo las relaciones entre las principales potencias.
Reajuste en la estrategia de seguridad de EE.UU.
A luz de la situación internacional, EE.UU. reajustó paulatinamente su política de seguridad después del fin de la Guerra Fría. Sin embargo, los ataques del 11 de septiembre (11-s) aceleraron el ritmo de dicho ajuste. En el futuro inmediato, la principal amenaza que encarará EE.UU. será el terrorismo global. Mientras mantiene su presencia militar en el exterior, EE.UU. pone un mayor énfasis en la defensa de la seguridad territorial.
Los atentados del 11-s cambiaron la atmósfera política en EE.UU. La popularidad del presidente Bush aumentó, imponiéndose al coro de oposición al despliegue del sistema de defensa anti-misiles (SDA). La prioridad otorgada a la lucha contra el terrorismo encabeza la agenda nacional, haciendo menguar el cisma que dividía a los Partidos Demócrata y Republicano sobre el tema del SDA. La Administración de Bush se retiró arbitrariamente del Tratado de Misiles Antibalísticos y aceleró el despliegue del SDA, decisiones que necesariamente afectarán al equilibrio estratégico internacional y los intentos de imponer el control de armamentos.
En cuanto al despliegue de las fuerzas militares en el exterior, EE.UU. refuerza su presencia en el oriente, en especial en Asia, al considerar que el ambiente de seguridad en Europa es estable, con la existencia de la OTAN y la mejoría de relaciones con Rusia. Por el contrario, la región de Asia y el Pacífico y el Medio Oriente se mantienen inestables por diversos factores. La campaña antiterrorista de EE.UU. no ha hecho sino reforzar esta tendencia. Cada vez son más las tropas estadounidenses que marchan al Pacífico occidental, el Océano Indico y las áreas del Golfo Pérsico.
La política de "acción preventiva" de la Administración de Bush presagia un significativo reajuste de la estrategia antiterrorista estadounidense. A los ojos del gobierno estadounidense, la anterior estrategia de "disuasión y contención" no serán efectivas contra los países poseedores de armas de destrucción masiva y las organizaciones terroristas. Para Washington, de lo que se trata es de tomar medidas activas contra estos países y las organizaciones terroristas que amenazan a EE.UU., mientras mantiene la política anterior de "disuasión y contención". Según la explicación de la Administración de Bush, además de los ataques militares, la política de "acción preventiva" también abarca medidas económicas, diplomáticas, de inteligencia y otras desvinculadas de la esfera militar. Partiendo de la consideración de la seguridad nacional, la Administración de Bush presta mayor importancia al problema de la proliferación de armas. Se ha empeñado en evitar que los terroristas se apoderen de armas de destrucción masiva, e incluso ha intentado convertir a aquellos países opuestos a EE.UU. y que poseen tales armas, en objetivos de sus operaciones antiterroristas.
Relaciones entre las grandes potencias
La guerra antiterrorista y el reajuste de la estrategia de seguridad de EE.UU. se han traducido en cambios notables para las relaciones entre las grandes potencias, como es el caso del reajuste ruso de su política diplomática y la situación que ha dado lugar dicho reajuste.
Desde que Vladimir Putin asumió el poder, la diplomacia rusa ha jugado la carta del pragmatismo. A la vez que fortalece la cooperación con China, Rusia ha estado intentando promover las relaciones con Occidente. La guerra antiterrorista ha proporcionado precisamente una buena oportunidad para mejorar sus relaciones con EE.UU. y ha acelerado la cooperación estratégica entre los dos países. La concesión rusa en el tema del Tratado de Misiles Antibalísticos, su tácito consentimiento al despliegue del SDA y su cooperación activa en la guerra antiterrorista, llevaron las relaciones Rusia-EE.UU. a una nueva etapa. Los dos países también han alcanzado un acuerdo para la reducción de armas ofensivas y firmaron una declaración sobre las nuevas relaciones estratégicas Rusia-EE.UU. Además, Rusia firmó la Declaración de Roma con la OTAN, y se estableció un consejo Rusia-OTAN. Todo ello indica una nueva era de cooperación entre Rusia y Occidente. Teniendo de fondo la guerra antiterrorista global, Rusia y EE.UU. su cooperación en los terrenos antiterrorista, de prevención de la proliferación de armas de destrucción masiva y la seguridad regional.
Sin embargo, todo apunta a la supervivencia de las diferencias profundamente arraigadas entre Rusia y Occidente. EE.UU. se propone mantener su posición como única superpotencia mundial y se niega a aceptar el surgimiento de un nuevo rival. La concesión rusa constituye un retroceso que Moscú ha tenido que aceptar bajo presión de su actual debilidad económica. Mediante la obtención de algunos intereses reales inmediatos, su objetivo final es reasumir su anterior posición de líder mundial, en vez de quedar relegado a la condición de "socio de segunda categoría" para siempre. Con todo, si Rusia considera que no logrará conseguir lo que espera de Occidente, las relaciones entre las dos partes podrían sufrir algunos cambios.
Al mismo tiempo, han mejorado en cierta medida las relaciones entre Rusia y Europa y entre China y EE.UU. Este último también ha intensificado su involucramiento en algunos "puntos conflictivos". En el Sur de Asia, hizo gestiones para resolver el conflicto entre la India y Pakistán, mejorando en gran medida sus relaciones con estos dos países; en el Medio Oriente, EE.UU. lanzó un nuevo plan de paz en sustitución de su previa posición de distanciamiento, con el fin de ejercer influencia en la opinión pública y hacerla aceptar sus planes de ataque a Irak.
Plan de EE.UU. para un nuevo orden mundial
Aunque las grandes potencias han fortalecido su cooperación después del 11-s, el unilateralismo estadounidense ha marcado la tónica. En enero, en su discurso del Estado de la Unión, Bush colocó a Irak, Irán y la República Popular Democrática de Corea dentro de lo que denominó el "eje del mal". Luego, su administración agregó a la lista negra de la Casa Blanca a Libia, Siria, Cuba y Sudán como países que apoyan el terrorismo. A pesar de la oposición de la comunidad internacional, Washington promovió enérgicamente el despliegue del SDA, buscando la seguridad militar absoluta. Después de lanzar las teorías de "naciones derrotadas" y el "nuevo imperialismo", la Administración de Bush puso en boga la doctrina de las "acciones preventivas", demandando el ataque activo a las organizaciones terroristas y sus partidarios. De tal suerte, se ha desbrozado el camino para la ingerencia del grupo occidental con EE.UU. a la cabeza en los asuntos de los países en vías de desarrollado.
A esta situación de hoy se ha llegado por varios senderos. Primero, desde el fin de la Guerra de Fría, EE.UU. se ha convertido en la única superpotencia mundial. Ningún país puede competir con él en lo económico o lo militar, lo cual es la condición básica para que se imponga su unilateralismo. Segundo, después del 11-s, las acciones antiterroristas dirigidas por EE.UU. han ganado amplio apoyo. Tercero, el triunfo de EE.UU. en Afganistán ha sido un acicate para su actuación.
La Administración de Bush ha anunciado repetidamente su intención de atacar a Irak. Por encima de la intención de derrocar al actual líder de ese país, Sadam Husein, Washington persigue el fin oculto de imponer al mundo árabe su influencia, comenzando por la reestructuración de Irak. Desde el inicio, ciertas elites, incluyendo a funcionarios de alto rango de la Administración de Bush, se han pronunciado porque Washington aproveche esta oportunidad para establecer un nuevo orden mundial, con EE.UU. como el único dirigente.
Relaciones China-EE.UU.
Desde que Bush asumió el poder, las relaciones China-EE.UU. han experimentado tres etapas: la confrontación, el relajamiento y la mejora. El 11-s promovió el reajuste de la política estadounidense hacia China. La cooperación en la guerra antiterrorista ha resultado en un desarrollo relativamente estable de las relaciones bilaterales.
Sin embargo, la cooperación en la campaña antiterrorista no cambiará fundamentalmente la naturaleza de las relaciones bilaterales. Las divergencias aparecen frecuentemente. Ello se debe, en primer lugar, a que la cooperación antiterrorista entre China y EE.UU. no tiene el suficiente peso para aproximar a ambos países como lo hizo el factor de la existencia de la URSS en tiempos de la Guerra Fría. Para EE.UU., el accionar de China en la guerra antiterrorista es limitado. Además, los dos países tienen obvias diferencias en la definición de terrorismo y en el objetivo y las medidas de las operaciones antiterroristas. Beijing está tratando de promover las relaciones con Washington a través de la guerra antiterrorista, mientras que este último espera ganar el apoyo del primero con la mejora temporal de las relaciones bilaterales.
Por otra parte, EE.UU. no reduce sus precauciones con respecto a China. Si se juzgan las consideraciones vertidas por el Departamento de Defensa de EE.UU. en el informe evaluativo sobre defensa, en septiembre del 2001, el reciente Informe Anual del Pentágono sobre el Poderío Militar de la República Popular China y el Informe publicado por la Comisión de Evaluación de Seguridad EE.UU.-China, subordinada al Congreso de EE.UU., es fácil deducir que las preocupaciones norteamericanas sobre el desarrollo de China no hacen más que aumentar.
La cooperación en el campo del antiterrorismo entre los dos países no logrará resolver las contradicciones y diferencias existentes. Ambas apartes sostienen diferentes puntos de vista sobre el problema de Taiwan, los derechos humanos, la religión y la no-proliferación de armas de destrucción masiva. Por ejemplo, la Administración de Bush ha emprendido reiteradas acciones inamistosas con respecto a Taiwan, el capítulo más sensible en las relaciones China-EE.UU. La línea dura de la Administración de Bush, encabezada por Donald H. Rumsfeld, Secretario de Defensa, y su ayudante Paul D. Wolfowitz, defendieron recientemente el fomento del poderío de EE.UU. y la supresión de cualquier fuerza que constituya un posible desafío a EE.UU.
El incremento de la presencia militar estadounidense en el Sudeste de Asia, bajo el pretexto del antiterrorismo, afectará al ambiente que circunda a China. La política exterior de EE.UU. responde a sus intereses nacionales, lo cual se manifestó claramente en el desarrollo de las relaciones China-EE.UU. del pasado. Si EE.UU. percibe amenazas procedentes de China, se valdrá de esta región como su cabeza de playa para presionar a China cuando no tenga más urgentes tareas que le mantengan ocupado. (De Beijing Informa)
18/09/2002
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