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Prefacio
La
modernización constituye un importante tema para todos los países y
regiones del mundo en los tiempos modernos.Desde mediados del siglo XIX,
cuando China fue invadida por las potencias occidentales, las diversas
etnias del país, incluida la tibetana, siempre han tenido por tarea
primordial salir de la pobreza y el atraso, liberarse del destino de ser víctima
de la humillación extranjera, así como establecer un Estado
moderno,
independiente, unificado, poderoso, próspero, democrático y
culturalmente desarrollado. Tras la fundación de la República Popular
China, especialmente tras el comienzo de la reforma y la apertura, la
modernización de China ha prosperado con cada día que pasa, alcanzando
éxitos reconocidos por todo el mundo. China camina con pasos vigorosos
hacia un mayor grado de apertura y prosperidad. Con la liberación pacífica
como el punto de partida de su desarrollo, el Tíbet anuló, en la reforma
democrática, la servidumbre feudal y aplicó la autonomía étnica
regional, materializando así un gran salto histórico en su sistema
social; en la construcción socialista, la reforma y la apertura, hizo
realidad un desarrollo acelerado de la modernización y logró avanzar al
mismo ritmo que todo el país, contemplando halagüeñas
perspectivas.
Este
año se cumple el 50 aniversario de la liberación pacífica del Tíbet.
Con el fin de acelerar el desarrollo sano de la modernización tibetana,
disipar los malentendidos existentes en la comunidad internacional
respecto al “problema del Tíbet” e incrementar la comprensión
multilateral de la historia y la actualidad del Tíbet, sería provechoso
echar una mirada retrospectiva al proceso de modernización que el Tíbet
ha protagonizado desde su liberación pacífica, dar a conocer los éxitos
alcanzados por las diversas etnias en el Tíbet en su afán por alcanzar
la modernización con la ayuda del Gobierno Central y del pueblo del resto
del país, así como exponer la ley de desarrollo de la modernización
tibetana.
1.
El proceso de desarrollo a saltos de la sociedad tibetana
En
la edad moderna, el logro de la modernización es el problema elemental
para el desarrollo de la sociedad tibetana. El sistema de la servidumbre
feudal, que sostuvo durante varios siglos en el Tíbet un dominio único
del poder político y el poder religioso, en los tiempos modernos se
convirtió en un sistema social extremadamente corrupto y decadente,
contrario a la tendencia mundial progresiva, un sistema que estrangulaba
el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad tibetana y
obstaculizaba seriamente el progreso social, hundiendo al Tíbet en una
pobreza, atraso, aislamiento y encogimiento extremos, y llevándolo al
borde del colapso general.
Sistema
social atrasado y explotación económica extraordinariamente cruel.
El sistema de la servidumbre feudal del viejo Tíbet era aún más oscuro
y atrasado que la Edad Media en Europa. Los tres tipos de señores
propietarios, -- los gobernantes locales, aristócratas y monjes de alta
categoría de los monasterios, -- que representaban apenas un 5 por ciento
de la población tibetana, ocupaban todas las tierras cultivadas, los
pastizales, los bosques, las montañas y los ríos, así como la
mayoría de los ganados del Tíbet. Mientras tanto, los siervos y los
esclavos, que eran el 95 por ciento de la población tibetana, no contaban
con tierras cultivadas ni con otros medios de producción, no tenían
libertad personal y se veían obligados a subordinarse a los señores
propietarios para ganarse la vida, trabajando en sus latifundios o sirviéndoles
como esclavos familiares generación tras generación. Eran víctimas de
la triple explotación, que les imponían servicios obligatorios,
impuestos y arriendos y préstamos con usura, y vivían al borde de la
muerte. Según estadísticas incompletas, sólo el Kasha, gobierno local
del viejo Tíbet, recaudaba más de 200 tipos de servicios obligatorios e
impuestos. Los servicios obligatorios que los siervos prestaban al Kasha y
a los latifundistas, ocupaban más del 50 por ciento de su trabajo anual y
en algunos casos, dicho porcentaje se elevaba al 70 u 80 por ciento. Más
del 60 por ciento de los campesinos y los pastores se encontraban
agobiados por pesadas deudas de usura.
Jerarquía
estricta y bárbara opresión
política.
El Código de Trece Artículos y el Código de Dieciséis Artículos que
regían en el viejo Tíbet, clasificaban a las personas en nueve categorías
de tres clases políticas y sociales, y en forma legal consagraban y
defendían la desigualdad personal en la posición social y política.
Estos códigos establecían en términos inequívocos lo siguiente: La
vida de las personas superiores de la primera categoría equivalía al
peso de su cadáver en oro. Por otra parte, la vida de las personas
inferiores de la última categoría no valía más que una soga de paja.
Los propietarios de los siervos disponían de estos últimos como bienes
privados y podían venderlos, transferirlos, obsequiarlos, empeñarlos
e intercambiarlos cuando les viniera en gana. Además, decidían sobre su
vida, muerte y casamiento. Si los siervos que se iban a casar no pertenecían
a un mismo propietario, debían pagar por redimirse. Los hijos de los
siervos estaban condenados a ser siervos. Sus propietarios podían
imponerles cualquier tipo de castigo ultrajante, aplicándoles salvajes
castigos, como cortarles las manos, los pies, las orejas y la lengua,
extraerles los tendones, arrojarlos a los ríos o abismos.
Integración
de los poderes político y religioso y un pesado yugo religioso.
En la estructura política y social del viejo Tíbet, caracterizada
por la integración de los poderes político y religioso, la religión y
los monasterios se consideraban el "origen de todas las corrientes",
hasta llegar a ser la única ideología imperante y un cuerpo político y
económico independiente. Disponían de enorme poderío, numerosos
privilegios políticos y económicos, y controlaban la vida espiritual y
cultural. Los monjes de alta categoría de los monasterios eran
principalmente los que dominaban la vida política de la región, y a la
vez, figuraban entre los mayores propietarios de siervos. El Dalai Lama,
como uno de los líderes de la escuela Gelug del budismo tibetano, desempeñaba
el cargo de jefe del gobierno local del Tíbet, de manera que era la
personificación de los poderes político y religioso. En el antiguo
gobierno local tibetano existían dos tipos de funcionarios, bonzos y
laicos, de los cuales los primeros eran superiores a los últimos. Según
estadísticas de 1959, de los 3.300.000 ke (medida tibetana de superficie:
15 ke equivalen a una hectárea) de tierra cultivada, los monasterios y
los monjes de alta categoría disponían del 36,8 por ciento, o sea,
1.214.400 ke; los nobles y los funcionarios bonzos y laicos, que componían
los gobiernos, poseían el 24 por ciento y el 38,9 por ciento
respectivamente. El monasterio Drepung tenía 185 latifundios, 20.000
siervos, 300 pastizales y 16.000 pastores. Conforme con las
investigaciones realizadas en los años 50 del siglo XX, en el Tíbet
había unos 2.700 monasterios, y 120.000 monjes, que representaban el 12
por ciento de la población tibetana. Cerca de una cuarta parte de los
pobladores varones se dedicaban a los ritos budistas (tomaban el hábito).
En 1952, entre los 37.000 habitantes de Lhasa, había 16.000 monjes. El
gran número de monasterios y monjes y la alta frecuencia de las
actividades religiosas, que implicaban un enorme consumo de recursos
humanos y la mayor parte de los insumos materiales, llegaron a ser un
pesado fardo que obstaculizaba el desarrollo de las fuerzas
productivas. Tal como afirmó el tibetanólogo norteamericano
Melvyn C. Goldstein, la religión y el grupo de monasterios eran un "oneroso
yugo para el progreso social del Tíbet" y "fuerzas
ultraconservadoras"; "debido a la integración de todos los
miembros de la etnia al credo y a la detentación por parte de los líderes
religiosos de los poderes político y religioso, el Tíbet perdió su
facultad de adaptarse a los cambios que se imponían constantemente en el
mundo".
Bajo
nivel de desarrollo y precaria vida del pueblo.
La cruel opresión y explotación del sistema de la servidumbre feudal,
especial- mente el incesante consumo de recursos humanos y materiales y la
esclavitud espiritual ejercida por la religión y los monasterios bajo el
sistema social de integración de los poderes político y religioso,
frenaron el entusiasmo de los trabajadores por la producción, sofocaron
la vitalidad social y retuvieron al Tíbet en un estado de estancamiento
durante largo tiempo. Hasta mediados
del siglo XX, el Tíbet se encontraba todavía extremadamente aislado y
atrasado y casi no tenía industria ni comercio modernos, ni tampoco
ciencia, tecnología, educación ni salud pública como se les conoce en
el mundo moderno. En la producción agrícola se aplicaban modos
primitivos y la producción ganadera dependía del pastoreo natural. Los
productos agrícolas y ganaderos tenían escasas variedades y
degeneraban. Los instrumentos de trabajo no mejoraban. La producción
cerealera era solamente de 4 a 10 veces la cantidad de las semillas
sembradas. El nivel de producción y desarrollo social era sumamente bajo.
Los siervos llevaban una vida pésima, sufriendo hambre y frío, que
dejaron numerosos muertos. En ciudades como Lhasa, Sigaze, Qamdo
y Nagqu,
pululaban los mendigos, entre ellos ancianos, mujeres y niños.
La
invasión imperialista agravó las penalidades del pueblo tibetano y también
las contradicciones sociales, dificultando el desarrollo continuo de la
sociedad tibetana ya de por sí ruinosa. A partir de mediados del siglo
XIX, China se convirtió en una sociedad semicolonial y semifeudal. Al
igual que los otros lugares del país, el Tíbet fue víctima de la agresión
de las potencias occidentales. Los imperialistas ingleses lo invadieron, y
allí quemaron, asesinaron y saquearon sin medida. Consiguieron diferentes
privilegios, recurriendo entre otras cosas a una serie de tratados
desiguales que lograron imponer. Saquearon despiadadamente los recursos
naturales, inundaron el mercado tibetano
con sus mercancías y ejercieron un control y explotación colonial. Los
ingleses prepararon y captaron fieles agentes entre los altos cargos del Tíbet
con el complot de separar al Tíbet de China. La opresión y la explotación,
tanto internas como extranjeras, empeoraron abruptamente la vida de los
siervos, quienes, con el fin de librarse del yugo, opusieron resistencia
continua, presentando reclamaciones, escapándose, no pagando los
impuestos, negándose a prestar los servicios obligatorios y hasta levantándose
en rebeliones armadas. La sociedad tibetana se hallaba acosada por una
crisis, y "el sistema social de integración de los poderes político
y religioso entró en un período de decadencia como una lámpara en
extinción". Ngapoi
Ngawang Jigme, quien
se desempeñó como Kaloon del gobierno local del viejo Tíbet, señaló
en varias ocasiones en los años 40 del siglo XX: "Si el Tíbet
sigue por el actual camino, en un corto tiempo todos los siervos morirán,
los nobles serán incapaces de subsistir y la sociedad entera se arruinará."
De este modo se convirtió en una necesidad histórica imperiosa para el
desarrollo de la sociedad tibetana, como anhelo vehemente de todo el
pueblo tibetano, librarse de la invasión imperialista y terminar con el
yugo del sistema de la servidumbre feudal.
La
fundación de la República Popular China en 1949 trajo esperanzas al
pueblo tibetano, que vivía en un abismo de sufrimientos. Respondiendo a
la ley del desarrollo histórico y partiendo de los intereses de las
amplias masas populares tibetanas, el Gobierno Popular Central promovió
activamente la liberación pacífica del Tíbet, con lo cual cambió
profundamente el destino de la región tibetana, fomentando la reforma
democrática, aplicando la autonomía étnica regional, desplegando a gran
escala la modernización y llevando a cabo la reforma y la apertura. Todo
esto ha impulsado enérgicamente el desarrollo de la sociedad tibetana.
La
liberación pacífica abrió las puertas del Tíbet a la modernización.
El 23 de mayo de 1951, el Gobierno Popular Central y el gobierno local
tibetano de aquel entonces concluyeron el Acuerdo sobre la Liberación Pacífica
del Tíbet, conocido también como el Acuerdo de Diecisiete Artículos,
que plasmó la liberación pacífica del Tíbet y abrió una página
completamente nueva para el desarrollo social del Tíbet. La liberación
pacífica del Tíbet forma parte de la revolución democrática nacional
de China. Con ella, se liberó al Tíbet de la agresión y el control político
y económico de las fuerzas imperialistas, se terminó con la discriminación
y la opresión étnicas de los tibetanos ejercidas por la vieja China, se
salvaguardó la soberanía estatal, la unificación nacional y la
integridad territorial de China, se hizo realidad la unidad entre las
diversas etnias del país y la unidad interna de la misma etnia tibetana,
proporcionando una condición básica para que el Tíbet y el resto del país
progresaran y se desarrollaran a la par. Después de la liberación pacífica,
los efectivos del Ejército Popular de Liberación de China y los
trabajadores que entraron en el Tíbet ejecutaron firmemente el Acuerdo de
Diecisiete Artículos y las políticas concernientes del Gobierno Central,
prestaron ayuda activa en la construcción de las carreteras Xikang-Tíbet
y Qinghai-Tíbet, el aeropuerto Damxung y muchas obras hidráulicas, así
como de fábricas modernas, bancos, casas comerciales, oficinas de correos,
granjas, establecimientos docentes, etc., adoptaron una serie de medidas
eficaces para ayudar a los campesinos y pastores a desarrollar la producción,
desplegaron auxilios sociales, lucharon contra las calamidades, y
previnieron y trataron gratuitamente las enfermedades de las masas. Todo
esto impulsó el desarrollo económico, social y cultural del Tíbet, y
generó una nueva atmósfera de sociedad moderna, civilizada y progresista.
Estos cambios ejercieron una influencia transcendental entre las distintas
capas sociales del Tíbet, rompieron el prolongado aislamiento y
estancamiento en que se había encontrado la sociedad tibetana, iniciaron
su proceso histórico hacia la sociedad moderna, y abrieron nuevas y
amplias perspectivas para su posterior desarrollo.
La
reforma democrática desbrozó el camino para la marcha del Tíbet hacia
la modernización.
En 1951, año de la liberación pacífica del Tíbet, al reafirmar
la necesidad de reformar el sistema social del Tíbet, el Acuerdo de
Diecisiete Artículos adoptó una actitud prudente que partía de las
peculiaridades históricas y reales de la región, estipulando que
"El gobierno local del Tíbet debe encargarse de llevar adelante su
propia reforma. Cuando el pueblo pida la aplicación de una reforma, hay
que resolver el problema mediante consultas con los dirigentes tibetanos."
Empero, ciertos integrantes de la capa dominante superior del Tíbet de
entonces se oponían de raíz a la reforma, y gritaban "no reformar
durante largo tiempo, ni nunca jamás", con el intento de mantener
para siempre la servidumbre feudal. Hacían oídos sordos al creciente
clamor popular en pro de la reforma democrática, mientras en confabulación
con fuerzas antichinas extranjeras, el 10 de marzo de 1959 instigaron a
una rebelión armada, que pereseguía la "independencia del Tíbet"
y la separación del Tíbet de la patria. Con el fin de salvaguardar la
unidad del país y los intereses fundamentales del pueblo tibetano, el
Gobierno Popular Central tomó medidas categóricas y junto con el pueblo
tibetano sofocó resueltamente la rebelión armada y procedió a la
reforma democrática del sistema social del Tíbet.
La
reforma democrática anuló el sistema de propiedad feudal sobre las
tierras que detentaban los propietarios de siervos, y las relaciones de
subordinación de estos últimos y los esclavos con respecto a sus
propietarios, derogó los códigos del viejo Tíbet y los inhumanos
castigos penales, suprimió el sistema de integración de los poderes político
y religioso y los privilegios feudales de los monasterios. Gracias a ello,
el millón de siervos y esclavos se emanciparon en los ámbitos político,
económico y espiritual, y se convirtieron en dueños de sus tierras
y de otros medios de producción, consiguieron la libertad personal y la
libertad de creencia religiosa, materializando así sus derechos como
personas. Se liberaron en gran medida las fuerzas productivas y se allanó
el camino de desarrollo del Tíbet hacia la modernización. Según las
estadísticas, en la reforma democrática se distribuyeron entre los
siervos y los esclavos más de 2,8 millones de ke de tierra. En 1960, año
en que se completó de manera inicial la reforma democrática, la producción
cerealera del Tíbet subió 12,6 por ciento con respecto al año
anterior, y 17,7 con relación a 1958, año anterior a la reforma
democrática. Los ganados aumentaron 9,9 por ciento en comparación con
1959.
La
autonomía étnica regional garantiza como régimen la modernización
tibetana.
Después de la reforma democrática, al igual que el pueblo del resto del
país, la población tibetana disfruta de todos los derechos políticos
estipulados en la Constitución y las leyes. Desde 1961, empezaron a
ponerse en práctica las elecciones generales en la región del Tíbet.
Los siervos y los esclavos de antaño gozaron por primera vez del
derecho democrático de ser dueños de su destino. Tomaron parte
activa en las elecciones, y eligieron los órganos de poder y los
gobiernos de los distintos niveles de la región autónoma. Una gran
cantidad de siervos y esclavos emancipados asumieron cargos dirigentes de
los distintos niveles de la Región Autónoma. En septiembre de 1965, se
convocó la primera asamblea popular del Tíbet y se proclamó
oficialmente la fundación de la región autónoma y el gobierno popular
del Tíbet. Gracias a la fundación de la región autónoma y la aplicación
de la autonomía étnica regional, el régimen ha garantizado la aplicación
en la región de la política de igualdad, unidad, ayuda mutua y
prosperidad conjunta entre las diversas
etnias del país, además de los derechos del pueblo tibetano a
participar sobre la base de igualdad en la administración de los asuntos
estatales y en la administración autónoma de los asuntos de su propia
región y etnias. De esta manera, el Tíbet ha logrado una sólida garantía
para desarrollarse junto con el resto del país, partiendo de sus propias
peculiaridades y contando con el apoyo y ayuda especial del Estado.
La
reforma y la apertura han constituido un poderoso motor impulsor para la
modernización tibetana.
En los años 80 del siglo XX, al igual que en todo el país, en el Tíbet
se despertó un gran fervor por la reforma, la apertura y la modernización.
A fin de fomentar el desarrollo del Tíbet, el Gobierno Central elaboró
una serie de medidas políticas de especial preferencia para su desarrollo
económico, entre las cuales figuraban la de que "cada familia
campesina usufructúa sus tierras, con administración autónoma y sin
cambios durante largo tiempo", y que "los ganados pertenecen a
los pastores como su propiedad privada, quienes se encargan de su crianza
con administración autónoma, sin cambios durante largo tiempo."
Estas medidas políticas promovieron la reforma de la estructura económica
y la apertura del Tíbet hacia el exterior. Desde 1984, en el Tíbet
culminaron 43 proyectos con inversión estatal y ayuda de 9 provincias y
municipios del país. Gracias a las políticas de reforma y apertura y al
apoyo estatal, se han prosperado y desarrollado la industria, la
agricultura, la ganadería y el sector terciario, que comprende el
comercio, la restauración y el turismo, y se ha elevado el nivel
industrial en su conjunto y el nivel de comercialización de las
actividades económicas, llevando el desarrollo económico y social del Tíbet
a una nueva etapa.
La
preocupación especial del Gobierno Central y el apoyo de todo el país
han permitido la aceleración de la modernización tibetana.
En 1994, el Gobierno Central celebró la tercera conferencia de trabajo
sobre el Tíbet, en la cual se definió la orientación del trabajo en
el nuevo período en
el Tíbet, consistente en concentrarse en la construcción económica,
empeñarse con firmeza en el desarrollo económico y la estabilidad
social, garantizar el veloz crecimiento de la economía tibetana, el
progreso general y la seguridad permanente de la sociedad, así como la
constante elevación del nivel de vida del pueblo. En esta conferencia se
tomó la importante resolución de que el Gobierno Central vela por el
desarrollo del Tíbet y todo el país le presta apoyo. A este tenor se
elaboró una serie de políticas y medidas preferenciales para acelerar su
desarrollo, y por ello se ha formado una nueva configuración para apoyar
en todos los terrenos la modernización tibetana, en la cual, el Estado
invierte directamente en los proyectos de construcción, el Gobierno
Central le concede subsidios financieros, y todo el país le ofrece su
apoyo correspondiente. Desde 1994, el Gobierno Central ha invertido un
total de 4.860 millones de yuanes directamente en la construcción de 62
proyectos; 15 municipios y provincias y los ministerios y comisiones
estatales construyeron 716 proyectos de forma altruista, con una inversión
total de 3.160 millones de yuanes. Desde los distintos lugares del país
se enviaron sucesivamente unos 1.900 cuadros y profesionales para ayudar
al Tíbet. Todo esto mejoró las condiciones de producción y de vida de
la región autónoma e impulsó su desarrollo económico y social.
Mientras tanto, el Tíbet promovió de manera general la reforma del
sistema económico y del sistema científico y tecnológico, reajustó la
estructura económica y el mecanismo administrativo empresarial, instauró
y perfeccionó el sistema de la seguridad social, amplió la envergadura
de la apertura, atrayendo y estimulando activamente la participación de
los fondos sociales tanto nacionales como extranjeros en su construcción
económica. La economía de variadas propiedades progresó mucho y se
fortaleció la vitalidad interna del desarrollo del Tíbet. En junio del año
2001, el Gobierno Central celebró la cuarta conferencia de trabajo sobre
el Tíbet, en la cual se programó un grandioso plan para materializar en
todos los aspectos la modernización tibetana en el nuevo siglo, y se
decidió recurrir a políticas y medidas aún más eficaces para
incrementar el apoyo a la modernización tibetana.
Gracias
a la preocupación especial del Gobierno Central, el apoyo de los diversos
lugares del país y el esfuerzo de las distintas etnias del pueblo
tibetano, la economía tibetana ha avanzado a ritmo acelerado, el nivel de
vida del pueblo se ha elevado notablemente y la modernización tibetana se
ha desarrollado con un vigor sin precedentes. Según las estadísticas, de
1994 a 2000, el producto interior bruto (PIB) de la Región Autónoma del
Tíbet creció 1,3 veces, con un incremento anual del 12,4 por ciento, lo
que terminó con la situación en la que el incremento regional era
inferior al promedio nacional; el ingreso disponible de los habitantes
urbanos, y el de los campesinos y pastores aumentó 62,9 y 93.6 por ciento,
respectivamente; la población necesitada disminuyó de 480.000 personas a
comienzos de la década de los 90 del siglo XX a 70.000 personas.
En
síntesis, la historia de los 50 años que siguieron a la liberación
pacífica del Tíbet ha sido una marcha de las tinieblas a la luz, del
atraso al progreso, de la pobreza a una vida confortable, del aislamiento
a la apertura, una historia en la cual el Tíbet se encamina de forma
constante hacia la modernización junto a la gran familia de la patria.
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